Publicado en Rescatadas

Jade.

 

-Ya, mi amor…¿helados?

-No -me golpea en el pecho con su manita frágil-. Estás loco, hace frío.Lo que necesito es un cigarro…

Ladeo la cabeza y la beso en los labios helados.

-Nada de cigarros. Tienes frío…entonces -digo intentando resolver la cuestión-, uhm…¿cafés?

-Con leche -me dice, totalmente mimada.

-Con leche -repito y asiento con la cabeza. La amo tanto.

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-Axel…

-Estoy aquí-digo rápidamente y me sacudo la cabeza. Me impediré descansar y perderme lo poco de vida que le queda-. Te prometí que me quedaría.

-A…Axel…

Le sonrío. Debo evitar a toda costa que note mi debilidad. Verla así, consumida por el cáncer, por el descuido nuestro…aunque ella no quiere que diga que fue mi descuido también. Sé que lo fue.

Jade me extiende su mano con una sonrisa invencible en su rostro a pesar de la enfermedad. Pero el anillo de compromiso cae de su dedo índice con facilidad. Ya había notado que le quedaba suelto.

El jade de anillo golpea contra el piso produciendo un sonido sordo y seco.

Ella abre los ojos desmesuradamente pero, maldita sea, aún tiene la sonrisa que engaña en el rostro.

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-¡Hola, ya llegué!

Levanté la vista y la chica me miraba, risueña. Mi mamá me encargaba con la vecina cada día cuando se iba a trabajar, yo tenía 4 años y la vecina, en cuestión, era quién me recogía del nido, me daba almuerzo, me ayudaba con mis tareas y me enseñaba a leer; pero yo amaba las 4 de la tarde de lunes a sábado.

Jade, su hija menor, llegaba y entonces y jugábamos hasta las 7, cuando mi mamá llamaba al teléfono de la vecina, diciendo que ya salía de su trabajo. Entonces yo seguía a Jade hasta mi casa, y ella, como tenía una copia de la llave, entraba con una naturalidad que me fascinaba, y entonces limpiaba la casa y arreglaba todo…y yo la seguía a donde iba porque me tenía encandilado.

Yo tenía 4 años. Ella, 12.

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-¿Cuál es el problema?

-Ella no come…

-A ver, ¿quién es el del problema? -cuestiona el doctor ligeramente irritado por mi intervención, sin ser yo el paciente.

Ella me mira con los labios fruncidos en un gesto de reprobación, de dulce reprobación.

-No tengo apetito…y luego me arde el estómago.

Después de hacer muchos pagos -que pagamos a la mitad, pues el amor de mi vida era orgullosa y no dejó que yo cancele toda la deuda-, le hicieron varios análisis, y quedó más débil que antes.

Los recogimos dos semanas después. Ella, molesta, no quería acudir a verlos porque le descontarían el día en el trabajo. Yo había pedido permiso en la constructora el mismo día que se hizo los análisis.

-Te vas a quedar por gusto- me decía con su habitual sonrisa y riñéndome-.Ni que no conociera el camino.

Pero no me importaba si me reñía o me golpeaba. Ella no tenía fuerza, sin embargo, si la veía desde lejos parecía una fiera.

-Tontita -le decía yo, abrazándola y besándola-. Cuando nos casemos ya no tendrás que trabajar…

-¡Ah! -exclamaba ella- Lo que tú quieres es que te cocine todo el día y sea una buena ama de casa…

Y reíamos juntos.

Fuimos a la clínica y nos dieron los resultados.

Cáncer al estómago.

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-¿Qué se te ha perdido por aquí, Axel?

Levanté la mirada y ella estaba sentada en su balcón, fumando, mirándome con detenimiento, como si se le hubiese ocurrido un buen plan de sólo mirarme.

Sonrío y saludo. Mi madre, que en paz descanse, me había enseñado buenos modales el poco tiempo que pasamos juntos.

-Hola, buenas tardes, Jade -le dije y tras una pausa levanté la caja que traía en brazos-. Feliz cumpleaños.

Jade empezó a reír fuertemente.

-Vienes por torta, seguro. Espérame y te abro.

Y desapareció de mi vista.

Con la caja de su regalo en brazos, las piernas me temblaban y yo trataba de controlarme. Sabía que ella estaba sola -en ambos sentidos de la palabra- en ese momento. Hoy tenía que ser. Me traía totalmente loco por ella.

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El teléfono suena y dejo mi maqueta para ir a contestar a la sala.

-¿Es usted el Sr. Axel Gutiérrez, familiar de Jade García?

-Sí, claro. ¿Le ha sucedido algo malo?

-Llamo del Hospital Central. La señora sufrió un desmayo y la trajeron de emergencia. Está inconsciente.

Fui al hospital lo más rápido que pude, en un taxi. Nota mental: me compraría un auto. Aunque sea un Accent.

No estaba para carros en ese instante.

-Eres tonta -le dije enojado por primera vez con ella-. Te puede dar un ataque, ya me dijeron lo que pasó. ¡Por qué no me habías contado!

Era la segunda vez que la veía llorar, y eso me hizo caer. No podía enojarme con ella. Pero la amaba tanto que me preocupaba su estado de salud más que lo que ella se preocupaba por sí misma.

Aquella vez la amé como nunca. Sentía que algo raro estaba sucediendo, me sentí marica, también. Un hombre no podía tener corazonadas, eso era cosa de chicas. ¿O no?

Le prohibí los cigarros. Y ella aceptó de mala gana. Aunque su costumbre de comprarlos persistía, me los daba y yo los ponía en una cajita. No se lo dije, sabía que ella ya lo sabía; las cajetillas estaban contadas.

Pero no pude hacer nada para que coma más de lo que ya estaba acostumbrada.

La amenacé con llamar a su madre, en Arequipa. Ni eso le hizo cambiar de opinión. La única vez que pude lograr que tomara un desayuno decente, terminó vomitando todo. Su organismo no resistía.

Pero yo, marica, seguía con ese extraño presentimiento.

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-¡Enfermera! ¡Algún doctor! ¡Rápido, por favor! No me separaré de ti, te lo prometo, no lo haré…

Ella abrió la boca para decirme algo, pero su tos ensangrentada me espantaba.

-Shuuu, tranquila, respira por favor -le dije mientras un par de doctores y un grupo de enfermeras entraban a la habitación y hacían su trabajo.

-Señor, debe salir -me dijo la enfermera más joven, de la cual me sorprendió su voz madura y su temple.

-Por favor- supliqué sujetando aún la mano izquierda de Jade-. Sólo una excepción.

El cuadro de Jade empeoraba con los días. Se le había complicado el cáncer con un problema pulmonar y, porqué negarlo, le quedaba poco tiempo. Quizá muy poco.

Sabía que en cualquier momento se iría de mi vida. Sólo tuve 6 años de felicidad, a pesar de que sabía que la quería desde muy temprana edad. Quizá si hubiera intentado hacerle la famosa pregunta, hubiéramos podido disfrutar más tiempo juntos.

Quizá si tan sólo ella se hubiese fijado en mí antes de conocer a ese patán que le enseñó el vicio del cigarro…

Nunca me importó que sea mayor que yo. Pero me jodía en el alma que se vaya…la edad que Jesús tenía cuando se fue…

Pero él no dejaba un corazón como el mío, destrozado por su único amor.

La miraba fijamente, ella ya había cerrado los ojos, producto de la anestesia. Los médicos sabían que poco o nada ya podían hacer, sólo intentaban regular su respiración. Pero yo sabía que era el final.

Miré el cuerpo de la mujer que amé por tantos años. Jade fue desde el comienzo mi punto de partida. Su personalidad me incitaba siempre a seguir, a perder el miedo, a dejar de ser un silenciado. Ella me ayudó tanto cuando ingresé a la universidad, cuando ella no tenía ni un sol para poder estudiar, pero se deslomaba por ayudarme en lo que necesitaba.

Jade fue mi escudo, mi protección, mi fuente de confianza. Sí, lo sé; probablemente esté exagerando. Y sí, también lo sé. Si no hubiese sido por la ayuda de mi padrino, tampoco hubiese podido hacer gran cosa en este mundo dominado por el dinero.

Todos en la habitación estaban en movimiento. Menos ella y yo. La miré, una y otra vez. Hasta que ella abrió los ojos e intentó sonreírme por última vez, para que recordara siempre su sonrisa única, con esa mezcla incomparable de morbo e ironía. Toda ella, mi Jade.

-Te amo -susurró.

Maldición. Los hombres no lloran.

Y cerró sus ojos lentamente, matando mi alma al instante.

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No sé porqué; pero te lo dedico a ti, Dulce.